miércoles, 19 de noviembre de 2008

Un cuento de Punta


Soy la prueba viviente de que el siguiente cuento de Alcuri es una fantasía; me dejaron deambular por Gorlero libremente, por lo tanto, puedo asegurar que las características físicas no son determinantes para pasar una temporada por ahí, lo único que importa es llevar unos cuantos pesos para gastar y te tratan espectacular, ¿o será que la plata lo embellece a uno? ¿o será que todavía no estamos en la alta temporada y son más flexibles estéticamente?

Huraño enriquecido - Relato Nº 15
Ignacio Alcuri

Este sí, Este no

Mi primera visita a Punta del Este la realicé en calidad de cronista. El Conrad presentaba una nueva ficha para apostar en el casino. Del tamaño de un alfajor triple, permitía al jugador ganar (o perder) el dinero que yo ganaría en treinta años, con un solo giro de ruleta.

Lo que les cuento ocurrió un par de años después de entradas en vigencia las polémicas medidas del ministro Tichy, quien estaba convencido de que el turismo era lo único que podría salvarnos. Aunque nunca dijo de qué.

Sabiendo que podía encontrarme con alguna situación violenta, viajé con normalidad hasta que el ómnibus llegó a la terminal de Maldonado. Luego de que descendiera buena parte del pasaje subieron dos policías: un musculoso fornido y una rubia despampanante con labios en los que podías tirarte a dormir la siesta. Me encontraba en uno de los primeros asientos, así que saqué mi carné de periodista y se lo ofrecí a la chica con una sonrisa. Sin tocarlo y como con asco, me pidió que lo guardara.

Al lado mío viajaba un gordito de ojos claros que sudaba como un hijo de puta. Yo creía que por el calor que hacía ahí adentro, pero resultó ser de los nervios, como detectaron rápidamente los servidores de la ley. El muchacho sacó una linternita del bolsillo trasero de aquel shorcito que rodeaba unas nalgas envidiables.

—Póngase de pie y mire directo hacia la luz.
—Yo… Yo no…
—Ya escuchó lo que le dijo mi compañero —agregó la rubia, con una voz que tenía un dejo de ronquera y la hacía todavía más atractiva.

Luego de explorar unos segundos, extendió su mano con seguridad. El gordito se sacó los lentes de contacto celestes y los dejó sobre aquella palma. La otra mano guardó la linterna, sacó la cachiporra y con un movimiento fluido le reventó los dientes al hombre del camuflaje frustrado, que cayó al piso.

—¡Que les sirva de lección a todos! —gritó el golpeador al resto de los presentes—. Los feos bajan el nivel del balneario y el que quiera burlar la normativa será castigado. ¿Alguien más esconde algo?

Una muchacha caminó hacia los oficiales y se quitó su peluca platinada. Otra jovencita pecosa se quitó la faja que ocultaba una incipiente pancita cervecera. Ambas bajaron del ómnibus.

Yo no quería extender mi dedo acusador, pero dos asientos atrás del mío viajaba una señora petisita que no valía un peso. No tuve que ir con el chisme porque ellos se dieron cuenta enseguida.

—¿Tiene contrato de trabajo?
—Sí, acá está —dijo la canija, mostrando unos papeles.
—¿Y el uniforme? —la voz ronca atacó de nuevo.

Sacó del bolso un uniforme tan estereotípico que parecía un disfraz de Halloween. A una morocha, narigona pero con buenas curvas, también le pidieron contrato de trabajo, aunque no uniforme. Era fea, pero su cuerpo le permitía trabajar como vendedora en una boutique del off-Gorlero.

Diez minutos después de comenzado el operativo, en el coche quedaban solamente mujeres hermosas, algunos hombres de físico trabajado, gente que iba a trabajar, y yo. El chofer recibió la orden de partir y fuimos escoltados hasta la terminal de Punta del Este, donde se repitió el procedimiento, por si alguien había escapado al primer control. En esa oportunidad lo realizaron dos gemelas pelirrojas que no se soltaban las manos.

A mí me llevaron a una oficina de información donde me dieron un carné de prensa del tamaño de una hoja A4, que debía llevar colgado del cuello en la vía pública. Me lo coloqué sin reparos. Estaba hipnotizado por los ojos de la empleada de esa oficina. La de al lado estaba medio fulera de cara, pero tenía un lindo par de tetas.

4 comentarios:

Enrique Almeida dijo...

Todo el libro Huraño enriquecido esta muy bueno...

Acosta dijo...

Todavía no lo compré, esperaré a encontrarlo baratito de oferta ¿habrá en el infierno de Dante algún lugarcito reservado para los lectores amarretes como yo?

Manolito dijo...

Hi Andres, te escribo desde Australia; en realidad no se como apareci por tu blog pero lo cierto es que me gusto y espero seguir tus aventuras en el futuro.
Hace mas de 20 años que emigramos con mi familia a este hermoso pais desde Argentina.
Te he incluido en mi lista para visitarte regularmente y si no te molesta, aca te mando el URL de mi nuevo blog por si queres visitarme. Generalmente tengo medialunas y sandwiches tripes para la visita . . . jajaja no me digas que te lo creiste no ?

http://argentina-australiapasadoypresente.blogspot.com/

Acosta dijo...

Jajaj… ahora no tenés escapatoria… el año que viene voy por tu casa y vas a tener que poner esas medialunas… y mirá que somos 5!!!

Bienvenido.